Sin perjuicio de cuestiones de detalle más o menos anecdóticas (composición paritaria del Gobierno, nombramiento de una Ministra de Defensa catalana y embarazada etc.), lo cierto es que la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero parece aceptar principios de actuación tan alejados de los postulados de la izquierda como ya percibidos en los cuatro años anteriores. Como apuntaba Juan Torres en el número 77 del Periódico Diagonal, la deriva a la derecha del Gobierno “lo indican claramente tanto la nueva distribución de carteras como las personas a las que se les encargan”.

Pero sin perjuicio de la composición funcional del nuevo Gobierno e incluso de circunstancias que, sin restarles trascendencia, no pueden en puridad servir de fundamento único a tal afirmación -pese a que coadyuvan de forma evidente a su consolidación-, en los apenas dos meses que han trascurrido desde la revalidación de su mandato, el Presidente ha asumido planteamientos que conllevan de suyo la implementación de medidas claramente contrarias a lo que debería ser una filosofía mínimamente aceptable.
En la última semana encontramos dos ejemplos de ello: el apoyo a la denominada “Directiva de la Vergüenza” y la oposición a la firma de un Tratado para prohibir la fabricación, almacenamiento y uso de las bombas de racimo.




















