No puedo evitar dedicar esta primera entrada a la crisis internacional. Ciertamente, más que de un episodio coyuntural o ceñido a un sector concreto de la realidad, nos hallamos ante una verdadera crisis sistémica del Capitalismo.
Cuando Sarkozy defiende “refundar el Capitalismo desde bases éticas”, cuando el Ministro de Hacienda de Alemania se limita a pedir una mayor regulación de los mercados financieros o cuando Rodríguez Zapatero defiende la intervención del Estado en la economía de libre mercado se está partiendo de una premisa incorrecta, cual es que el Capitalismo es un árbol robusto al que sencillamente ha de podársele una rama enferma, el neoliberalismo en su vertiente financiera.
Sin embargo, la globalización neoliberal no es sino la actual fase, consecuente y lógica, de un sistema que no ha sabido o no ha
querido satisfacer las necesidades más básicas del ser humano. La crisis afecta al modelo no sólo en sus dimensiones financiera y monetaria, sino también en la comercial, la medio ambiental, la alimentaria y la energética, realidad tan innegable como previsible, pues todas ellas se alimentan de las mismas raíces ideológicas. Lo que está en crisis no es por lo tanto y únicamente la autorregulación de los mercados financieros, sino el Capitalismo en su globalidad.
No obstante, el problema no reside en que los líderes políticos se nieguen a plantear reformas en profundidad del sistema. Lo trágico sería que desde los movimientos cívicos no se apreciase este postulado. Porque si bien es cierto que tradicionalmente, “ante el fracaso manifiesto de la primera ola histórica de experiencias en nombre del socialismo, el capitalismo aparece con frecuencia y por defecto como un horizonte infranqueable”, actualmente y por primera vez desde hace lustros, se tiene una oportunidad histórica de repensar y pedir la aplicación global de modelos alternativos a partir de una certidumbre casi empírica cual es, en palabras del economista y Premio Nobel estadounidense Joseph Stiglitz, el fin del neoliberalismo. Es menester pasar de las palabras a los hechos y no resignarnos a dotar a nuestras luchas de “objetivos modestos” que promuevan “únicamente alternativas de naturaleza parecida a la gestión de un capitalismo con rostro humano” (Samir Amin en el artículo “Altermundialistas y luchas populares” incluido en el Informe sobre la Globalización de Le Monde Diplomatique de agosto de 2007).
De no conseguir tal propósito, las pequeñas rectificaciones que se pretendan introducir no solucionarán los graves problemas a los que se enfrenta la humanidad y el planeta, sino que se limitarán a abrir un mero paréntesis interesado y lógico, a decir de Naomi Klein:
“La ideología del libre mercado ha servido siempre los intereses del capital, y su presencia sube y baja según su utilidad para esos intereses. Durante los tiempos de la bonanza, es rentable predicar el laissez faire, porque un gobierno ausente permite que se inflen las burbujas especulativas. Cuando esas burbujas revientan, la ideología se convierte en un obstáculo, y se adormece mientras el gran gobierno parte al rescate. Pero tranquilizaos: la ideología volverá con toda su fuerza cuando los salvatajes hayan terminado. Las masivas deudas que el público está acumulando para rescatar a los especuladores pasarán entonces a formar parte de una crisis presupuestaria global que será la justificación para profundos recortes en programas sociales, y para un nuevo ímpetu para privatizar lo que queda del sector público. También nos dirán que nuestras esperanzas de un futuro verde son, lamentablemente, demasiado costosas”.
Porque, se pregunta Naomi Klein,
“¿si el Estado puede intervenir para salvar a corporaciones que tomaron riesgos imprudentes en los mercados de la vivienda, por qué no puede intervenir para impedir que millones de estadounidenses sufran inminentes ejecuciones hipotecarias? De la misma manera, si 85.000 millones de dólares pueden ser puestos a disposición instantáneamente para comprar al gigante de los seguros AIG ¿por qué la atención sanitaria de pagador único –que protegería a los estadounidenses de las prácticas depredadores de las compañías de seguro de salud– parece ser un sueño tan inalcanzable? Y si cada vez más corporaciones necesitan fondos públicos para permanecer a flote ¿por qué no pueden los contribuyentes exigir a cambio cosas como topes a la paga de ejecutivos, y una garantía contra más pérdidas de puestos de trabajo?”
Reflexiones que demuestran que las medidas que pretende aprobar la Administración Bush no representan la socialización de la economía de mercado, sino únicamente la de las pérdidas de los que más tienen.














