Patria, familia, economía e inmigración.
En el Partido Popular tienen muy claro que la victoria el próximo 9 de marzo depende en gran medida de la agitación sucesiva de estos cuatro jinetes del Apocalipsis. Los dos primeros han gobernado su labor de oposición durante casi cuatro años. Los segundos parecen que van a presidir su campaña electoral.

El miedo como arma política siempre ha sido, desde los tiempos de Maquiavelo, una garantía de éxito. En la derecha lo saben y después de atemorizar con el “España se rompe” y la “familia está en peligro”, ahora pretenden lanzar un mensaje tan falaz como peligroso: estamos al borde del colapso económico y los inmigrantes deben ser los primeros en abandonar el barco. Y parece que, por desgracia, los mensajes de los Pizarro, Arias Cañete y cia. están calando en parte de la sociedad española. Para entender el por qué de este aparente éxito, o al menos el no fracaso, es necesario analizar la gestión y la respuesta que a esta estrategia ha dado el Partido Socialista.
Esta vez no busquen en esta humilde bitácora una crítica a los posicionamientos del PP. Los que me conocen desde hace tiempo saben lo que opino de sus propuestas, sus actitudes y bagaje ideológico. Esta vez mis dardos, mis pequeños dardos, van dirigidos a ese PSOE asustadizo que no ha demostrado el coraje suficiente para mantener un discurso propio y diferenciado frente a la irresponsable oposición de los populares.
En efecto, el Partido Socialista no ha sido capaz de articular una respuesta convincente, en parte por el movimiento pendular que ha caracterizado su acción de gobierno, en parte porque es muy complicado contrarrestar los tocamientos populares a las vísceras y al bolsillo.
Hemos asistido a una legislatura en la que el Gobierno ha mirado más hacia el arco parlamentario que a los ciudadanos y el resultado ha sido un escenario en el que el timón del debate social lo ha dirigido la oposición.
En materia de política territorial siguen sin apostar por un Estado federal y simétrico en el tema competencial. La anemia ideológica que en esta materia demuestra el PSOE pretende contrarrestarla con la aprobación de textos estatutarios claramente inconstitucionales e insolidarios. Ha pretendido responder a la España monolítica y monocorde del PP con unos guiños que lejos de suponer una verdadera transformación de su organización territorial han dotado de armas dialécticas a quienes niegan la histórica diversidad que caracteriza a nuestro Estado.
Por lo que se refiere a la política antiterrorista, y sin perjuicio de que el fracaso de la tregua es imputable, como no puede ser de otra forma, a ETA, no ha dado pasos que eran necesarios por temor a las diatribas sobre traiciones y rendiciones que día sí día también han vomitado los terminales mediáticos de la derecha. No ha conseguido desprenderse de una Ley como la de Partidos que es la cadena más sólida con la que ha enganchado el Partido Popular al Socialista desde hace 25 años y, en lugar de distinguir el pensamiento radical de la acción asesina, los ha identificado mermando garantías democráticas y ofreciendo coartadas argumentales a aquellos que siguen soñando con una Euskadi independiente bautizada en sangre.
En el ámbito social, si bien han entrado en vigor leyes ciertamente trascendentes, se han quedado en el tintero de las buenas intenciones cuestiones tales como la reforma de la Ley del Aborto. Por otra parte, no han resistido el ensañamiento de la derecha contra la necesaria regularización de los inmigrantes irregulares y han claudicado advirtiendo que no se procederá a lo sucesivo a nuevas operaciones de este tipo, amén de aceptar tratos denigrantes a este colectivo de personas que parecían más propios de la derecha.
En política internacional han disuelto un prometedor comienzo con medidas como el acuerdo de financiación con el Estado Vaticano o la postura en el conflicto saharaui, ciertamente difíciles de comprender desde una óptica de izquierdas. El acierto de la retirada de las tropas en Irak ha sido anulado por el aumento de las que permanecen en Afganistán y la idea de la Alianza de Civilizaciones contrasta con la concesión de medallas y la recepción con alfombra roja a dictadorzuelos a cambio de prebendas energéticas.
Tampoco puede merecer una opinión positiva la política fiscal. Ha aprobado una reforma fiscal que disminuye el gravamen sobre el impuesto de sociedades y grava mediante un tipo único del 18% los rendimientos del capital mobiliario mientras que establece un tipo de hasta el 43% para las rentas del trabajo. Ha aumentado vergonzantemente los impuestos indirectos -sin relación directa con la renta- y sigue permitiendo la ignominia de que el 80% de los ingresos del IRPF provengan de las rentas del trabajo mientras sólo un 7% se obtenga de los rendimientos de capital. Ha promovido una disimulada amnistía fiscal para las SICAV -verdadero mecanismo de evasión de impuestos de las grandes fortunas- y ha resucitado el “unit linked” para alegría de los enormes patrimonios que se pasean sin disimulo por este país. Eso sin entrar en los pormenores del guante de seda que ha empleado con la Banca y alguno de sus representantes más ilustres.
Podrían seguirse enumerando los cambios de criterio, los errores y la falta de profundidad en algunas de las medidas del Gobierno socialista, pero creo que con este pequeño recorrido sobra.
No, no me ha gustado la legistura. Esperaba, iluso de mí, más. Pero si creen que después de todo lo dicho voy a votar al Partido Popular están equivocados. El PSOE, una vez más, no ha tenido la valentía suficiente para plantear un cambio real en las estructuras económicas, sociales y políticas de España, pero no puedo, ni deseo, equiparar esa falta de testosterona a la ausencia de voluntad política real del otro gran partido de propiciar dicho cambio: uno no lo hace por miedo, el otro por convencimiento.
Y lo que es más, si los avances en esta legislatura han sido escasos y muy tamizados por ese temor del que hablo, un futuro Gobierno del Partido Popular nos aboca no sólo a la ralentización de esos pequeños cambios sino al objetivo retroceso en cuestiones básicas e innegociables: una muestra evidente la encontramos con las últimas propuestas populares sobre reforma fiscal e inmigración.
Es necesaria una autocrítica desde la izquierda. Pero esa autocrítica no puede hacernos olvidar que si inane ha sido esta legislatura en cuanto a la transformación real del sistema, el triunfo del Partido Popular no sólo consolidaría el mismo sino que profundizaría en sus odiosas desigualdades y profundas injusticias.
Ha sido un socialismo con catarros el que nos ha gobernado durante cuatro años, en el que ha alternado evidentes aciertos con ocurrencias intrascendentes y algún error notorio. Pero si la alternativa es un Gobierno del Partido Popular, perdonen ustedes, me quedo sin lugar a dudas con el del talante.
Prefiero una España resfriada de un socialismo imperfecto y miedoso que vacunada por los teocons del Partido Popular. Que como dice el viejo refrán, a veces es peor el remedio que la enfermedad.










Fomentar la (antiquísima) desconfianza hacia el diferente -pobre, por supuesto- ha sido una brillante idea del equipo de márketing derechista (y lo digo sin el menor atisbo de ironía), porque ha sido/es una actitud presente en el ideario social de muchos habitantes del Ruedo Ibérico y Archipiélagos; donde han naufragado los subalternos ha sido en las formas. Porque una cosa es el prejuicio ciudadano hacia “los otros” y otra que se lo recuerden de manera tan ordinaria, provocando cierta vergüenza iterior. Pudieron haberse quedado en la frialdad -y frialdad- de los datos (pseudorreales o ficticios), pero tuvieron que aliñarlos con unto made in Spain. No olvidemos que la fórmula mágica de todo coleccionista de prejuicios empieza: “Yo no soy racista (ni xenófobo ni homófobo ni…) pero…“.
Subjetivamente hablando…, ¿qué se puede esperar de tan paupérrimos buscadores del Bastón de Ordeno y Mando…?
Un abrazo, Joseca.
El problema, querida amiga, no es tanto lo que dicen -que también- sino lo que subyace en el mensaje.
La imputación de culpas hacia el que viene de fuera, aderezado con unas oportunas gotas del patrioterismo más rancio, es una ecuación que normalmente se ha saldado con éxitos históricos tan notorios como dolosos para el ser humano.
Hubiera bastado en efecto un “han de cumplir con las leyes”, pero esa aparentemente inocua alocución no hubiera servido al propósito de los estrategas populares.
No, necesitaban envolverla en la bandera nacional y apuntar a las costumbres patrias, de tal modo que ese celofán apretase el cuello y doliese en el bolsillo de sus destinatarios.
Un abrazo, reina.