Vuelve la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María.

Regresa cual mensaje institucional, con seriedad pretendidamente decimonónica y escoltada por su líder natural, D. Mariano Rajoy.

Dicen que el mensaje les sale del corazón, pero necesitan darle notoria lectura y henchirlo artificialmente en el marco de atávicas celebraciones.

Redoblan los tambores nacionales y silvan los clarinetes de la Hispanidad. Se convoca al orgullo patrio, se apela a lo emotivo y se resucitan entrañas que parecían olvidadas.

Llevan tres años creando un escenario emocionalmente inestable, haciendo de las obviedades y las farsas su programa político y elevando a categorías lo que sólo son anécdotas.

Ahora proponen la vuelta a la nostalgia del Cuéntame y la recuperación del perfume de naftalina.

¿Saben lo peor? Que el “Somos España” llora pérdidas cada vez que se le pasea por Colón. Es un “somos” imperial, excluyente y falaz. Un “somos” que convierten por arte de birlibirloque en un “sólo nosotros”, que no entiende de integrar sino de integrismo.

Hoy los más enfervorizados militantes del extremo patrioterismo, la grana y oro de su eterna esencia, han vuelto a soñar con la unidad de destino en lo universal.

Por fortuna, somos muchos más los que nos reafirmamos en unas Españas que respeten las miradas de vascos y madrileños, catalanes y andaluces, gallegos y extremeños… porque de lo que se trata es, en definitiva, de que esos que se apropian de patrias y banderas no consigan que esas nociones y símbolos enfrenten y dividan.

Y sinceramente, el mensaje de hoy rezuma electoralismo y apesta a apropiación indebida.