La promoción de la democracia en Oriente Medio se ha convertido en la gran excusa de los paseos occidentales por aquellas tierras. Día tras día repiten como un mantra que las intervenciones en Irak, Afganistán, la política contra Irán o la tensión con Siria tienen como fin último la extensión de la democracia a esos Estados.

En nombre de esa democracia se bombardean aldeas, se bloquean suministros básicos, se crean muros y se mutila la esperanza y la vida de unos pueblos que no entienden porque la presunta meta de sus supuestos libertadores no puede alcanzarse respetando los mismos valores en los que teóricamente se basa.

Curiosamente, es una democracia selectiva: no todos los países deben ser objeto de la misma atención. De hecho, los hay que no sólo no son obligados a esa suerte de conversión mariana a base de bombazos, sino que son agasajados y recibidos con los más altos honores. Es más, la historia reciente muestra que determinados régimenes y los personajes que los regentan / regentaban tienen la virtuosa cualidad de transformar una amistad de mirada distraída en un enfrentamiento irreconciliable.

Ayer, mientras la implementación de esa democracia lograba un nuevo éxito en Afganistán, nuestro Presidente del Gobierno y el Monarca recibían y galardonaban al conocido “demócrata” el rey saudí Abdulá bin Abdul Aziz al Saud.

Son las cosas de los dineros: ¡qué importancia tienen los derechos humanos cuando su defensa y promoción tienen como contrapartida el menoscabo de determinados intereses económicos!

La hipocresía que destila Europa en esta materia, incluída España, es de tal calibre que no se necesitan palabras para describirla… basta con observar la fotografía del Rey y leer posteriormente el informe 2006 de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en Arabía Saudí.