Si alguien nos preguntara si actualmente es necesaria la izquierda, muchos de nosotros responderíamos afirmativamente de forma contundente. Pero si nos plantearan qué es la izquierda, esto es, que la define, las dudas probablemente, y las divergencias en todo caso, golpearían sin rubor las palabras que tratasen de explicarlo: ecosocialistas, marxistas clásicos, movimientos cristianos de izquierda, revolucionarios cubanos, socialdemócratas… es tal el universo que se predica de izquierdas, y tal el desconocimiento en cuanto a lo que cimenta la misma, que dotarla de un contenido concreto deviene en un ejercicio cuanto menos arduo.

Tras el derrumbamiento del bloque soviético, el desconcierto de la izquierda sobre su propia identidad y los aspectos que la conforman no ha ido sino en aumento. Desde la asunción acrítica del sistema capitalista y neoliberal por los denominados representantes de la tercera vía hasta el combate activo del movimiento antiglobalización, son múltiples los escenarios en los que la izquierda parece querer identificarse. Sin embargo, es evidente que ninguno de ellos sería capaz de consensuar el sentido -y yo diría el sentimiento- de la izquierda.

Esta indefinición ha sido aprovechada conveniente e inteligentemente por los defensores del capitalismo y la economía de mercado sin límites, que sí han sabido perfilar un sustrato ideológico que, por ausencia de una crítica concreta y dotada de contenido, se ha ido constituyendo en una Biblia que pocos osan contestar argumentadamente y mucho menos plantear alternativas.

No estoy abogando desde estas líneas por configurar a la izquierda como un bloque de pensamiento único. La izquierda, por definición, es plural. Pero sinceramente, creo que la ausencia de referencias, la escasez de pensadores, la vacuidad de sus acciones y su mera concreción en políticas de rechazo pero no de propuestas de cambios reales está difuminando la esencia de lo que debería implicar identicarse como de izquierdas.

Como antaño manifestó con lucidez Julio Anguita González, cuestión distinta es la alternativa de la alternancia. La izquierda “realista” se ha ido conformando con servir a los intereses de los amos del mundo modificando meros aspectos de matiz. La izquierda “utópica” se ha limitado a expedir críticas furibundas contra el sistema pero sin ofrecer alternativas concretas y viables.

Y en medio de una y otra, millones y millones de personas que, asumiendo su disconformidad con los actuales vectores políticos, económicos y sociales en los que se basa la gran mentira que nos gobierna, no encuentran un cauce adecuado para trascender de su mera incomodidad pasiva y luchar por cambios reales en nuestro planeta.

Estimo, en definitiva, que es menester abandonar esa acomodaticia dejación intelectual que domina a la izquierda desde hace lustros y hacer un esfuerzo, porque es necesario, en analizar qué define a la izquierda hoy mismo, tanto desde el punto de vista de la crítica fundamentada al actual sistema como, sobretodo, al planteamiento de alternativas concretas, operativas pero sustanciales, al mismo.

Defensa de los derechos humanos de primera, segunda y tercera generación, prepondarancia del medio ambiente y lucha real contra el cambio climático, grado de intervención del Estado en las relaciones económicas, medidas contra la globalización de capitales, potenciación de la multiculturalidad y respeto a la identidad de los pueblos, papel de las organizaciones internacionales y democratización de las mismas, control de armamentos y recursos naturales, potenciación del uso de las energías alternativas… son tantos los aspectos a debatir y perfilar que lo que no puede ni debe asumirse es que ese fin de la historia teorizado por Fukuyama es cierto.

Señores: tenemos un campo enorme para repensar la izquierda. No nos limitemos a la crítica fácil, no obviemos nuestro evidente problema de indefinición y superemos el actual escenario de cobarde claudicación ante la “realidad” pensando primero, y planteando después, soluciones concretas a la misma. Aportemos alternativas, huyamos del detalle y acudamos a la esencia, volquemos nuestros esfuerzos en autopreguntarnos qué queremos, que somos, que podemos cambiar.

Sólo después de ello seremos capaces de permeabilizar en la sociedad ejercicios autocríticos y movimientos activos y reales de cambio. Mientras ello no suceda, las protestas, los desencuentros, el malestar con el sistema seguirá vigente… pero el propio sistema también.

P.S.: Os enlazo a un artículo publicado por Amelia Sánchez el pasado mes de octubre en la interesantísima web del Colectivo Prometeo. LLeva por título “La necesidad de la izquierda hoy” y comienza así:

“Si aparcamos los localismos para asomarnos al ancho mundo, a esa bolita azul donde un 20% de las personas tienen la riqueza que necesita el otro 80% de la humanidad para sobrevivir, la visión es desoladora. Cada vez hay más pobres a pesar de la caída de la mayoría de los regímenes comunistas y del liberalismo económico. Las preguntas que brotan de manera involuntaria son: ¿qué mundo tendríamos si la izquierda no existiera?, ¿cómo sobreviviría la derecha sin su antónimo ideológico? Y, la más importante, ¿otro mundo es posible?

Decía Norberto Bobbio, en su libro Derecha e Izquierda, que ambas posturas buscan el mismo objetivo: el bien de la sociedad. No nos cabe la menor duda de que gente buena hay en todas partes pero, la cuestión diferencial, realmente importante, es el camino que sigue cada cual para conseguir el objetivo. No todo vale, ni en el amor ni en la guerra… por poco romántico que resulte desmontar tópicos (…).”